Tenemos claro que al menos alguna de estas problemáticas os toca la fibra sensible: el consumo ingente de recursos energéticos que precisa cada una de las consultas realizadas a una inteligencia artificial; la explotación de trabajadores en países desfavorecidos en los centros de datos y la mano de obra que se esconde detrás de supuestas herramientas automáticas; el trauma invisible al que se les somete también en servicios de clasificación y filtrado de contenidos; los sesgos y la censura derivados de la automatización de la cultura, que queda en manos de las élites económicas; la incertidumbre al no saber distinguir en ocasiones qué es real y qué se intenta hacer pasar por cierto a causa de los deep fakes; el declive del pensamiento crítico de la población y el analfabetismo funcional que se derivan de confiar en un proceso automatizado todo esfuerzo lógico, analítico y creativo. ¿Compensa el uso de la IA en nuestro día a día todos estos riesgos para el futuro de la humanidad? La democratización de la cultura pasa por hacer accesibles para todo el mundo las creaciones fruto del talento y el trabajo de otras personas, no por suplantar con una tecnología llena de aristas la sensibilidad, la imaginación y el ingenio que son precisamente la base de nuestra humanidad.